La Sábana Santa de Turín

La Sábana Santa (o Santo Sudario) de Turín es una maravilla única en su género: la impresión de la imagen de Jesucristo en una tela de lino. No es una imagen dibujada, sino que una impresión por contacto real.

Todavía hay muchas cuestiones abiertas en torno a ella, algunas de ellas se relacionan con la fe y otras tienen que ver con aspectos puramente científicos.
 
Las primeras menciones de la Sábana Santa se remontan al siglo quinto cuando, con la caída del Imperio Romano, el centro del cristianismo se movió gradualmente hacia Bizancio (Estambul).

La Sábana Santa fue, presumiblemente, traída siglos más tarde por los cruzados desde Bizancio a Europa Occidental, terminando en el ducado de Saboya (en el sur-este de la Francia actual).

Ya un conocido objeto de la devoción, esta reliquia cambió varias veces de manos  hasta que se convirtió en propiedad de la Casa de Saboya, la familia gobernante local. Se mantuvo en Chamberí hasta 1578 cuando fue llevada a Turín, la nueva capital de los Saboya.
 
En 1983 Umberto II de Saboya, el último rey coronado de Italia, la legó en su testamento a la Santa Sede con la condición de que permaneciera en Turín.
 
Se expone en ocasiones especiales, siendo la última vez del 19 de abril al 24 de junio de 2015, cuando miles de peregrinos de todo el mundo inundaron Turín para venerarla y también visitar muchos de los santuarios y lugares de culto religioso que se encuentran en esta zona.
 
La Sábana Santa está guardada en la catedral de Turín, pero en las inmediaciones hay un museo especialmente dedicado a ella y una copia idéntica puede contemplarse en la iglesia de San Lorenzo.

En septiembre 2018 ha terminado la restauración de la Capilla de la Sábana Santa, junto a la Catedral. En ella se guardaba la Sábana Santa hasta el incendio que casi la destruyó en 1997.
 
En la antigüedad, gracias tanto a la Sábana Santa como a su posición geográfica, pasaba por el Piamonte la Via Francigena (el “viejo camino francés”) que era utilizada por los peregrinos en arribo desde Francia y lugares más distantes como Santiago de Compostela o Canterbury para ir a Roma o a la Tierra Santa.
 
El legado de la Via Francigena ha sido un considerable número de impresionantes y bien conservados monasterios, iglesias y abadías, únicos por sus características, que nos transportan a aquellos tiempos antiguos. Muchos de ellos todavía siguen siendo el centro de una activa vida espiritual.

Tomando un tour por Turín se pueden visitar diversos lugares relacionados con la Sábana Santa.